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Lexxy Quinn: «El público espera un look de final de Drag Race cada fin de semana y eso cuesta fácilmente más de mil euros»

Lexxy Quinn

La drag y diseñadora de pelucas nos presenta Quinndom Wigs a través de cuestiones como la precariedad, el síndrome del impostor, la comunidad y la sostenibilidad del drag

Hay trayectorias que no se construyen desde el brillo inmediato, sino desde la necesidad. La de Lexxy Quinn es una de ellas. Como maquilladora, peluquera y wigmaker, su recorrido atraviesa fronteras, miedos, precariedades y una profesionalización autodidacta que hoy la sitúa como una figura clave en la escena drag.

Nacida en Paraguay y afincada en Chiclana de la Frontera desde hace ocho años, Lexxy empezó a explorar el drag siendo casi un adolescente, en un contexto donde montarse no era solo una decisión estética, sino un acto de riesgo real. En España, el drag se convirtió para él en un espacio de libertad creativa, un laboratorio donde probar ideas en clientas y donde el cuerpo propio funcionaba como lienzo.

Con el tiempo, esa exploración derivó en un oficio. La artista ya desde sus principios como drag customizaba sus pelucas, pero la pandemia fue el punto de inflexión. Mientras que superaba un episodio depresivo, Lexxy empezó a fabricar pelucas como proyecto personal. Lo que comenzó como una forma de supervivencia emocional terminó convirtiéndose en un negocio junto a su pareja y su hermana con una ética clara: vivir de su trabajo sin reproducir las lógicas de explotación que atraviesan tantos sectores creativos.

Su firma Quinndom Wigs, junto con Kalisti Studio, no solo provee pelucas, guantes y piezas personalizadas para drags del circuito nacional e internacional, sino que ha contribuido a elevar el estándar estético del drag contemporáneo. Así, ha generado nuevas necesidades y nuevas conversaciones sobre el valor real del trabajo artesanal que hay detrás del brillo.

Lexxy Quinn en Marta Cariño, Madrid / @gallardo.av

¿Cómo nace Quinndom Wigs?

Nació en pandemia, como una forma de salir de una depresión muy fuerte. Decidí aprender a hacer pelucas como proyecto personal. Luego llegó Drag Race y peiné a una amiga en la primera temporada, The Macarena. Fue como mi “mili”, porque todo lo hacía por primera vez. Cuando se acabó el confinamiento, tenía que decidir si volver a trabajar vendiendo maquillaje o apostar por las pelucas. Elegí las pelucas. Mi madre me prestó cien euros para comprar material y empecé así. Con el tiempo, mi novio, que era camarero, y yo decidimos inventar algo. Veía que por fuera hacían guantes y propuse que lo intentáramos. Ninguno de los dos sabía coser ni hacer pelucas, pero nos pusimos a practicar una y otra vez. La última pieza para poder hacer mis guantes me la dio Coca Boom, que ya los hacía desde antes. Cuando hicimos Regias, vi los suyos y le pregunté por la tela. Ella me explicó cómo coserlos y dónde conseguir el material. Por eso me acuerdo mucho de ella.

Más tarde, mi hermana, que era pastelera, también se animó a aprender a coser. Me decía que amaba ser pastelera, pero que odiaba trabajar con hombres en la cocina. Empezó hace dos o tres años y decidió comenzar por los corsés. Ahora somos un equipo con Kalisti. Hoy Quinndom es un proyecto para que podamos vivir de nuestro trabajo creativo sin ser explotados en otros empleos.

¿Cómo ha influido en tu drag vivir en Paraguay y luego en España?

Siempre tengo presente que soy latino y me enorgullece. No siempre mi drag refleja una raíz cultural concreta, porque cada look puede ser un personaje distinto, pero mi identidad atraviesa mi forma de maquillar, de construir el cuerpo, el pelo… Muchas veces me dicen que mi estética “se va muy a lo latino” y es verdad. No es algo deliberado, pero está ahí.

¿Cómo es tu proceso creativo cuando alguien te encarga una peluca?

Busco que la peluca complemente a la persona. No es solo hacer algo bonito, sino que tenga proporción con su cara, su cuerpo y su forma de moverse. Pido referencias visuales, hago bocetos y adapto la idea a quien la va a llevar. Mi objetivo es que la persona se vea guapa nada más ponérsela. Una peluca puede salvar un look o arruinarlo. Tiene que acompañar el conjunto o ser la pieza central, según lo que se quiera lograr.

El trabajo de quién está detrás en el arte suele ser invisible.

Moralmente, estaría bien visibilizarnos más. Siempre hay que tener en cuenta que una drag quiere verse con un millón de euros teniendo doscientos. Pero también entiendo que, si alguien paga un servicio, no tiene obligación de mencionar. Además, muchas de las personas que estamos detrás no buscamos fama. Para mí es un negocio. He trabajado con gente muy famosa y, paradójicamente, cuanto más famosa, menos te mencionan y menos quieren pagar. Por eso, prefiero tenerlo claro: es un trabajo profesional.

En general, el público no es consciente del trabajo y el dinero que hay detrás de un look drag. Se espera un look de final de Drag Race cada fin de semana y eso cuesta fácilmente más de mil euros. Una peluca puede costar 250 o 300 euros; un traje, 800 o 900. Incluso yo, antes de hacerme mi primer traje de mil euros, no sabía que un traje podía costar mil euros tan fácilmente. Esa presión hace que muchas drags sientan que necesitan ciertos ítems para “estar a la altura”, lo que genera una presión psicológica enorme.

Como diseñadora de pelucas para otras y para ti, ¿cómo influye esa doble perspectiva en tu forma de trabajar?

Me ayuda a pensar en la durabilidad, la comodidad y la funcionalidad. Sé cómo se mueve alguien en el escenario, qué se cae, qué molesta. Diseño pensando en que la peluca no caiga en la cara, que aguante varias puestas, que los guantes y las uñas sean prácticos para el show.

Trabajar para mí me da la libertad de experimentar; si algo no sale como esperaba, puedo cambiarlo y hacer que parezca intencional. En cambio, cuando trabajo para una clienta, debo cumplir estrictamente con lo que ella pidió. Si me pides algo que nunca he hecho, mi respuesta dependerá de la tarifa: «De acuerdo, pero necesito practicarlo antes en otro proyecto» para no ofrecerte un experimento que no alcanzaría la máxima calidad. O te diré: «Nunca he hecho eso y no quiero entregarte un trabajo de primera vez, porque no será el mejor, ni de lejos, y tú pagarías por ello como si lo fuera».

¿Qué te aporta el drag a nivel personal?

Empecé muy joven y ahora tengo 32 años. Al principio, el drag era una forma de demostrar que podía hacer lo que quisiera, incluso en contextos de riesgo como en Paraguay. En España se transformó en una exploración artística y también en una fuente de admiración externa.

Durante un tiempo, apoyé demasiado mi autoestima en la validación que recibía como drag. Me pasaba que admiraban el personaje, el maquillaje, la peluca, el traje, pero yo sentía que no me admiraban a mí. Luego entendí que estaban admirando algo que yo había creado, y eso también era valioso. Con los años, dejé de montarme tan seguido porque era muy caro y descuidaba mi yo personal. Empecé a cuidarme más fuera del drag y a definir a Lexxy como un personaje independiente. Eso me dio una relación más sana con el drag. Creo que muchos, siendo jóvenes, estamos dispuestos a hacer ese sacrificio. Sin embargo, a medida que maduramos, llega un punto en el que ya no vale la pena: por cincuenta euros o cualquier otra cosa, el coste de mirarme al espejo y sentir literalmente asco durante todos esos meses, ya no me compensa.

Muchas de las reinas de Drag Race han confiado en tu trabajo, incluso reinas del panorama internacional.

Cuando trabaja conmigo una reina de Drag Race o cualquier reina muy experimentada, se me activan dos cosas a la vez: los nervios por cumplir sus expectativas y, por otro lado, pensar que, si alguien con tanta experiencia me elige, será porque mi trabajo también está bien. Aun así, siempre aparece el síndrome del impostor. Me pregunto si voy a llegar a la expectativa, si va a ser tan pulido como el trabajo de otros estilistas que se ven en redes…

Las reinas de Drag Race han visto mucho, han viajado y conocen otros trabajos y otras pelucas. Por eso los nervios son mayores. Además, está la exposición que eso supone después. He trabajado para Barbie Q, de Drag Race Alemania, aunque fue después del programa; para Gabanna, que es española y estuvo en Drag Race Bélgica, a quien le hice casi todas las pelucas del programa; y también para otras reinas, como Courtney Act o Latrice Royale, que tienen algunos de mis guantes. En el caso de las pelucas, no suelo enviarlas al extranjero porque el envío es grande y se estropea la caja, pero guantes sí que tengo alguno más, que van a salir, entonces no puedo decir nada.

¿Cómo es el rango de precios de tus pelucas y guantes, desde el encargo más económico hasta el más caro?

Yo he organizado mi servicio como si fuera un menú. Existe una peluca base a la que se le pueden añadir distintos elementos, como extensiones, recogidos, doble peluca, cristales o texturizado. Cuando se incluyen todos estos añadidos, el precio puede llegar a los 350 euros. Este tipo de trabajos corresponden a encargos de alta complejidad, aunque no siempre impliquen grandes volúmenes. En el extremo opuesto, la opción más económica es una peluca base lisa, sin peinar, cuyo precio es de 90 euros. Aun así, no envío la peluca tal y como llega del proveedor: realizo un corte de capas o la preparo según el tipo de uso que vaya a tener, en función del espectáculo que la persona quiera realizar. El objetivo es que la peluca pueda utilizarse directamente o sirva como base de trabajo para experimentar con ella.

Con los guantes, los más económicos son los de media mano con uñas, que cuestan 90 euros y se elaboran completamente desde cero. Los más caros pueden alcanzar los 130 euros: son guantes largos, totalmente personalizados, incluso adaptados a diseños específicos, como tatuajes o motivos decorativos concretos. Aunque no son precios bajos, considero que se corresponden con el trabajo que implican.

¿Es posible vivir de hacer pelucas y guantes para drags?

Creo que cualquier idea de negocio puede ser rentable si se aborda con mentalidad empresarial, incluso éticamente. La falta de recursos exige un gran sacrificio personal, trabajando intensamente, incluso fines de semana, para cubrir gastos imprevistos. Actualmente, la reforma de mi casa se financia íntegramente con el trabajo de pelucas. Aunque no siempre se vende todo, hay que seguir produciendo.

Quinndom introdujo pelucas muy elaboradas en el drag, creando una nueva necesidad estética. Ahora, algunas clientas envían varias pelucas al mes para mantenimiento, alternándolas. Lo mismo ocurrió con guantes y uñas, ahora habituales en sus repertorios. Para lograr esto, aprendí peluquería, marketing digital y de cabello, e importación directa de China. Este aprendizaje ha sido principalmente autodidacta, usando recursos en línea como TikTok.

¿Crees que dentro del propio colectivo drag se valora el trabajo de quienes crean vestuario y/o pelucas?

El trabajo se valora, pero que pueda pagarse es otra cuestión. La mayoría de las veces, cuando envío un presupuesto y la persona no puede asumirlo, no cuestiona el precio, simplemente reconoce la calidad del trabajo, pero no dispone de ese dinero. No percibo una falta de valoración, sino una falta de recursos económicos. Soy consciente de que muchas artistas cobran entre 30 y 50 euros por actuación, y en ese contexto es difícil invertir en un vestuario o en una imagen profesional completa. Un body no puede cobrarse por debajo de cierto precio, porque su elaboración implica varios días de trabajo artesanal, además del coste de materiales y del mantenimiento de una empresa como autónomos. Realmente, un look completo puede rondar los 1.000 euros, y aun así es un presupuesto ajustado si se suman corsé, falda, peluca, zapatos, guantes, uñas, maquillaje y gastos de desplazamiento. Por tanto, el problema no es el reconocimiento del trabajo, sino la dificultad real de acceso económico a estos servicios.

Por esto, hemos diversificado nuestra actividad y no dependemos exclusivamente del drag. Además, el contexto actual genera incertidumbre sobre la sostenibilidad del entretenimiento LGBTI+ a medio y largo plazo. En cuanto a la mejora de las condiciones económicas del drag, muchos locales no pueden asumir cachés más altos debido a sus propios límites económicos y a la precariedad generalizada del público. Esto repercute directamente en los ingresos de las artistas. Una posible vía de mejora es la autogestión de eventos y espacios propios, que permite que los ingresos no dependan de intermediarios.

¿Qué lugar crees que merecen quienes cosen, peinan y maquillan dentro del drag?

Creo que tenemos que recuperar la idea de comunidad. Las drags son las estrellas, pero detrás hay un equipo que construye el brillo. Lo más bonito del drag para mí es sentarnos juntas, cardar pelucas, pegar piedras, crear con las manos. El reconocimiento no me importa tanto como ese proceso compartido. El drag se ha mediatizado mucho y a veces se pierde la ilusión por el proceso creativo. No digo que esté mal encargar cosas, pero es importante entender el trabajo que hay detrás para valorar lo que llevas puesto.

¿Qué esperas para el futuro de Quinndom Wigs?

Ha superado mis expectativas. A medio plazo, me gustaría que se convirtiera en un centro de formación de estilistas de pelucas drag para que España sea una referencia en Europa en este ámbito porque tenemos mucho talento, solo que no hay dinero a quien vendérselo.