La artista Corazón llega a Valencia los días 20, 21 y 22 de febrero para presentar su obra de teatro drag
Se abre el telón y Linaje acaba de empezar. Comienza el viaje escénico de Corazón que llega desde los teatros de Berlín hasta ciudades como Valencia, Madrid, Cuenca y Barcelona. Linaje, su show más íntimo y político hasta la fecha, no es solo una obra de teatro drag: es una pregunta abierta sobre de dónde venimos las personas disidentes y quiénes nos han sostenido cuando la sangre no bastaba.
Estrenado en Berlín y ahora de gira, Linaje se despliega como un viaje emocional por la herencia LGTB+, entendida no como un legado fijo, sino como una constelación viva de referentes. A través de números musicales, Corazón invoca figuras, patrones culturales y relatos silenciados que han formado la experiencia queer en nuestro país, desde el exilio y la noche hasta el folklore y la religión como constructo cultural.
Para quienes aún no te conocen, ¿quién es Corazón y cómo nace este proyecto drag?
Corazón es como una folclórica perdida en Berlín. Es un ser que cambia de forma constantemente. Es una diosa no binaria, poscatólica, posfolclórica. Es una mezcla de muchas influencias, sobre todo, entre Valencia y España, y Berlín. Siempre había estado un poco rodeado de travestis, y al final, una amiga mía muy cercana también empezó a hacerlo, y yo me metí de cabeza, y dije: «¡Guau! Esto es posible». También a veces, no sé, pienso que a lo mejor en Valencia no habría sido tan fácil. Pero aquí hay bastantes shows que están buscando constantemente nuevos talentos, shows abiertos, que no son ni concursos ni nada, simplemente es un open stage. Así, Corazón ha nacido directamente del escenario, de estar ahí un lunes a las diez de la noche, en un bareto de Berlín y de ahí pa’ arriba, pa’ arriba, pa’ arriba.
Tienes la energía valenciana, pero Linaje se estrenó en Berlín. ¿Qué significa para ti habitar artísticamente estos dos lugares?
Creo que Corazón no podría existir solo en uno de los dos lugares. El hecho de haber podido estar en ambos y también fluctuar entre ellos —porque vivo en Berlín la mayor parte del tiempo, pero voy bastante a España y, con suerte, puedo actuar— ha sido clave. Tengo algunos proyectos como Linaje, pero también está nuestra noche fallera, Nit de Ninotes, que se celebra todos los años. Para mi desarrollo, me ha gustado mucho poder crecer en Berlín porque hay una cultura muy fuerte de creer en el talento y en cómo se estructuran los shows desde la idea de “quiero invitar a gente que me parezca interesante”. Eso te da un espacio donde crear sin límites y donde puedes poner todos los delirios.
Por esa parte, Berlín me ha aportado muchísimo, pero Corazón no es nada sin todos sus referentes. A mí me encanta porque lo que hago es coger todas las referencias culturales de España, traerlas a Berlín y colocarlas en un show un miércoles por la noche: ser la Moma del Corpus Christi de Valencia, vestirme de virgen posfolclórica o hacer de Arca vestida de la Virgen de los Desamparados.
¿Cómo dialoga la obra con los distintos territorios por los que pasa la gira? ¿Notas diferencias entre escenas y comunidades queer?
La obra nació en Berlín como una pieza corta de veinte minutos. Monté yo misma la escenografía —también es parte de mi trabajo— y fue mágico: el público acabó llorando las dos noches que se presentó. Ahí entendí que tenía mucho potencial. En sus inicios hablaba del linaje desde mi experiencia personal como española residente en Berlín, pero pronto vi que cada persona tiene una herencia distinta. Decidí ampliar la pieza hasta convertirla en un espectáculo de hora y media, con la participación de dos invitadas diferentes cada noche. Cada una comparte de dónde viene a través de sus números, mezclando teatro con formato de show drag: se habla, se actúa, se vuelve a hablar, se hace otro número.
Tras presentar la obra en Berlín y ver que funcionaba, quise llevarla a otras ciudades. Valencia será la próxima parada, con artistas locales de distintos contextos. Después vendrán Cuenca, Barcelona y Madrid, cada una con una escena muy particular. Cuenca, por ejemplo, me encanta. Allí lo rural y lo queer conviven de forma única, gracias en parte a la Facultad de Bellas Artes y a gente como mi amiga Azuly Suave, que impulsa una escena cultural viva y autogestionada. Esa energía, esa lucha por crear cultura y confiar en el arte de las amigas, me inspira muchísimo. El tour también es una fantasía personal: viajar, actuar y compartir escena con artistas que admiro profundamente.

Traes Linaje de vuelta a València, y además te rodeas de artistas locales como Nacha Boheme, Papi Pupusa, Venus Noi, Fallera Fatal, Graham Bell y Satanasa, ¿Qué aportan sus cuerpos y trayectorias a este linaje que se abre?
Desde que se concibió Linaje en Berlín, y desde la idea inicial de expandir el proyecto e incorporar artistas invitadas, para mí era fundamental que se representara una diversidad amplia, tanto de género como de raza y de origen. Quería abrir el espectro lo máximo posible y dar cabida a artistas que, por cómo funciona el sistema, suelen quedar en los márgenes y no reciben las mismas oportunidades que los hombres cis dentro del drag. Ser consciente de estas dinámicas e intentar, desde mi lugar, remendarlas era una parte muy importante del proyecto. Por ejemplo, Satanasa abre la primera noche. Es una mujer trans con un proyecto artístico súper potente, que expande el drag hacia territorios más vinculados al arte, la performance y el museo. También está Venus Noi, un drag king que basa su estética en la cultura K-pop, cuyos shows son íntegramente en valenciano. Esa mezcla me parece fascinante, especialmente en relación con el escapismo y los referentes en las personas queer, que a veces se sitúan en lugares tan lejanos como la otra punta del mundo.
Otra de las invitadas es la Fallera Fatal, que es mi hermana drag y un auténtico icono en cuanto a conocimiento sobre Valencia, la cultura fallera y su historia. Las Fallas siempre han tenido un punto de disidencia y han albergado movimientos revolucionarios, aunque hoy en día muchas de esas narrativas han quedado opacadas por un conservadurismo muy marcado. Por otro lado, está Graham Bell, una artista consagrada con muchos años de trayectoria. Tiene alrededor de sesenta años, y me parecía muy importante visibilizar que el drag no es solo una práctica joven. Ver cómo ha evolucionado su trabajo a lo largo de tantas décadas es muy interesante.
En la última noche contamos con Papi Papusa, un drag clown salvadoreño y manchego. Su trabajo permite hablar de perspectivas migrantes y de la experiencia latina, muy presente en España pero a menudo con pocos espacios de visibilidad y oportunidades. Además, su proyecto artístico es muy potente: mezcla lo clown con otros lenguajes y expande el drag hacia territorios como el circo. Y finalmente, está Nacha Boheme, una persona con muchísima historia, que empezó como gogó en la Ruta del Bacalao y que hoy es una de las madres de travestis y una de las figuras maternas de Canapé Chucrut, un colectivo muy potente dentro de la escena valenciana que me apetecía mucho tener representado.

LINAJE parte de una idea muy clara: la herencia queer no siempre se transmite por la sangre. ¿En qué momento sentiste la necesidad de nombrar este linaje alternativo?
Linaje era un tema que me rondaba la cabeza desde hacía mucho tiempo. Al final, es prácticamente lo que Corazón ha estado haciendo desde el principio. Yo llevaba alrededor de un año y medio haciendo drag, y durante todo ese tiempo el proceso ha sido, en cierto modo, dar pasos hacia atrás, redescubrir cosas que pensaba que eran nuevas, pero que en realidad ya existían antes. Una de las experiencias que más me marcó y que terminó de decidirme a seguir con este proyecto fue conocer la historia de Rampova. Hay un libro súper interesante, Socialicemos las lentejuelas, de Ploma 2, que habla del dúo artístico que formaban. Mientras lo leía pensaba: “Guau, no es solo que admire a estas personas, es que me siento hilada con ellas, siento que estamos relacionadas y que nuestras trayectorias vitales se espejan de alguna manera, casi como si fueran parte de mi familia”.
Más tarde, gracias a Fallera Fatal, conocí a Graham, que también me habló de Rampova. Ahí entendí que el linaje es una herencia queer que se va transmitiendo poco a poco, y que nosotras creamos nuestras propias familias y nuestros propios sistemas de ayuda y soporte, que se mantienen y se transforman con el tiempo.
Hablas de un camino “tortuoso y luminoso” en la búsqueda de la herencia queer. ¿Qué partes de ese camino han sido más difíciles de mirar de frente durante el proceso creativo?
Al final, la experiencia queer muchas veces es un camino hecho de destellos y de golpes a la vez. Mientras estaba escribiendo esta obra me pasó algo muy significativo: en un periodo de apenas dos semanas viví dos experiencias completamente opuestas. Por un lado, hice uno de los shows más importantes que he realizado en Berlín. Fue una performance bastante icónica, tuvo una acogida muy buena y me dio bastante visibilidad en la ciudad. Fue un momento de auténtico éxtasis, de sentir que había encontrado mi comunidad. Yo ya llevaba un tiempo haciendo drag y me sentía bien, pero ese momento fue especialmente poderoso. Sin embargo, en esas mismas semanas, volviendo a casa un día —sin ir en drag ni nada—, sufrí una agresión. Fue como un choque brutal con la realidad. Pasar de sentir que tocabas el cielo, que saboreabas la luna, a encontrarte de repente con la violencia que acecha en cualquier esquina. El proceso de brillar, de encontrar quién eres y convertirte en la mejor versión de ti misma, genera una luz que hay personas que no pueden soportar y que intentan apagar con toda su fuerza.
En Linaje aparecen iconos como Rampova, Almodóvar o Grace Jones. ¿Cómo se eligen estas figuras? ¿Qué las convierte en iconos para ti?
En la obra se utiliza mucho la imaginería de las estrellas, pero no como la idea de ser una estrella o de brillar por brillar. Para mí tiene más que ver con que la experiencia queer muchas veces es una noche oscura: caminar por una calle sin luz, donde apenas te iluminan unas pocas estrellas. No es un foco, no es la luna; son estrellas pequeñas que alumbran poco a poco el camino. Me gusta pensar estos referentes de linaje como estrellas que hacen que la noche no sea tan oscura, como pequeñas presencias que, simplemente siendo, iluminan a otras personas queer que todavía están descubriendo su camino. Elegirlas es algo muy personal. Tiene que ver con hacer memoria y revisar todo lo que a mí me ha atravesado.
En Valencia, la casa en la que me he criado está al lado de la casa de Concha Piquer, como si hubiese estado predestinada a ser una cupletista más. Rampova, además, fue al mismo tipo de colegio religioso al que fui yo. Empiezo a ver muchas coincidencias que van más allá de lo racional.

¿Qué lugar ocupa la memoria LGTBI+ en el presente? ¿Estamos cuidándola o todavía seguimos viviendo demasiado en la urgencia?
En los momentos tan terribles que estamos viviendo, levantarte cada día y leer las noticias sobre personas queer resulta espantoso. Por eso es crucial revivir la historia y recordar nuestra memoria LGTBI+, y no solo recordarla, sino reafirmar que existe. Recordar que han pasado muchas cosas antes, que lo queer no es nada nuevo, que las personas trans han estado ahí toda la vida, a lo largo de la historia, en cualquier cultura y en cualquier civilización.
Ahora mismo hay una dinámica global de eliminación de la historia. Lo estamos viendo, por ejemplo, con Trump y los intentos de borrar o distorsionar la historia de la esclavitud en Estados Unidos. Es fácil eliminar la historia: si se hace un esfuerzo institucional, puede desaparecer por completo. De hecho, mucha de la historia de la que hablo en mi trabajo sigue siendo desconocida. En Valencia, por ejemplo, no todo el mundo sabe quién fue Rampova, y fue un icono absoluto. Precisamente por ser tan política, su figura no siempre ha interesado preservar. Por eso creo que es tan importante este trabajo de recuperar, de revivir y de tomar conciencia. Lo que me interesa es que la gente se pregunte: “¿Sobre qué piedras estoy caminando para llegar hasta aquí?”. A través del trabajo que hacemos las artistas en la obra volvemos atrás para encontrar a esas figuras y reconocerlas, mirarlas de frente y decirles: “Todo lo que habéis hecho, lo que habéis luchado y lo que habéis sufrido no ha sido en vano. Nos ha llegado, y nosotras existimos gracias a vosotres, que estuvisteis antes”.
En un contexto de retrocesos y discursos reaccionarios, ¿qué significa hoy reivindicar la historia LGTBI+ desde el escenario?
Lo que más interesante me resulta de todo esto es poder dar espacio a personas queer para que hablen de sus referentes y ofrecerles el lugar que se merecen. Llevar esas voces a espacios tan accesibles como el Teatro Círculo de Benimaclet, donde el público es cercano y de barrio, me parece especialmente importante. Ahí es donde se genera mucha fuerza y se rompe, en parte, la cámara de eco de las personas LGTBI+ hablando solo entre nosotras. Ese diálogo interno es necesario, pero también lo es abrirlo hacia fuera.
A través de proyectos como Linaje o Nit de Ninotes, que además conecta con el imaginario fallero, conseguimos llegar a un público muy próximo, muy cotidiano. En esa relación de tú a tú es donde creo que realmente se produce el cambio. Es en ese espacio compartido donde se pueden mostrar otros puntos de vista, generar preguntas y entablar conversaciones reales sobre lo que significa todo esto. Ahí es donde siento que el trabajo tiene un impacto más profundo.

Linaje es teatro, es drag, es performance. ¿Qué te permite el drag que otros lenguajes escénicos no?
Es algo en lo que he estado pensando mucho últimamente. El drag es una práctica que requiere muy pocas explicaciones: es cruda, inmediata y sucede en el momento. Llega y se hace. En parte, eso también bebe de la precariedad y de la noche, de no tener siempre un espacio donde ensayar. Yo he vivido mucho el teatro, y recuerdo que la primera vez que me invitaron a actuar pregunté si habría un ensayo, y se rieron y me dijeron: “No, tú te subes al escenario, tienes tus cinco minutos y haces lo que quieras”.
Precisamente eso es lo que me interesa mezclar en Linaje: la parte teatral, que de alguna manera eleva la obra y ofrece mejores condiciones —una buena iluminación, un espacio cuidado, un contexto distinto al de un bar cualquiera—, sin perder la esencia del drag. Me parece que el teatro no siempre consigue conectar con la gente de la misma forma que lo hace un show drag. En un show drag hay interacción, te metes dentro, creas una relación, se genera un sentimiento de comunidad, de estar todas en el mismo barco. En el teatro, en cambio, la distancia entre el escenario y el público a veces es más rígida.
La noche, el folclore y la religión aparecen como elementos clave en la obra. ¿Qué te interesa de estos imaginarios tradicionalmente normativos?
La religión ha estado profundamente presente en las vidas LGTBI+ en España. Es un peso cultural que arrastramos y que ha marcado nuestras formas de existir. Durante la investigación leí Querer como las locas, de Jesús Pascual, un libro que analiza cómo la religión y lo queer convivieron incluso durante el franquismo, y cómo ambas se han influido mutuamente creando un imaginario compartido. La imaginería religiosa conecta de forma muy especial con las personas LGTBI+ , no solo en España, sino en todo el mundo. Sabemos leer esas imágenes porque muchas fueron creadas por manos queer: mariquitas, bolleras, etc. Es una herencia que no hemos podido rechazar y que, por tanto, también nos pertenece, al menos en su dimensión cultural.
Algo similar ocurre con el folclore. La copla y las folclóricas siempre han estado profundamente vinculadas a las personas LGTBI+. Rafael de León, autor de muchas de las canciones de Concha Piquer o Rocío Jurado, era mariquita. ¿Cómo no vamos a encontrar subtextos LGTBI+ en letras que hablan de amores imposibles, disidentes o extraños? Historias que se han romantizado como tradicionales esconden, en realidad, narrativas muy alejadas de la norma.
Y la noche ocupa un lugar central en todo esto. La noche es el caldo de cultivo de las personas queer: el momento en el que las barreras se disipan y las expectativas sociales se relajan. A veces se justifica como un juego, pero para muchas personas no lo es; es el momento del día en el que se sienten más vivas. Por eso me parece fundamental salir a la calle montada, no quedarnos solo en los escenarios. Me da rabia esa idea de desmaquillarse antes de salir del bolo: para mí, cuanto más activismo hay es cuando voy completamente montada en el transporte público de camino al espectáculo.

Si alguien sale del teatro con una sola pregunta clavada en el cuerpo, ¿cuál te gustaría que fuera?
La idea parte de una pregunta sencilla: ¿de dónde vengo y quiénes han marcado mi camino? Me interesa que la gente haga ese ejercicio de mirar hacia su propia historia y reconocer a todas las personas LGTBI+ que han tenido cerca, aquellas que, desde espacios tan diversos como la televisión o la peluquería del barrio, han influido en nuestras vidas y han ampliado nuestra forma de mirar el mundo. Creo que es un trabajo colectivo y muy necesario. Resulta especialmente interesante entender que figuras aparentemente tan distintas —desde tu tío mariquita hasta La Veneno— forman parte del mismo linaje: personas que han marcado nuestras historias y han hecho que ese linaje sea algo digno de ser reconocido.
