Una conversación con la Club Kid residente en Madrid sobre el arte, el dolor y la urgencia de crear cuando no queda otra forma de sobrevivir
Todavía recuerdo la primera vez que vi a La Sorny en persona. Yo sabía de ella, por redes sociales o alusiones de algunas de sus compañeras travestis, pero lo que no sabía era lo mágica e increíble que era. Cuando salió al escenario recuerdo al público madrileño aplaudiendo como si la vida le fuese en ello, con una ovación que no había visto nunca. Eran aplausos de admiración, de cariño y de respeto. En ese momento descubrí quién era La Sorny, y me enamoré completamente de ella. En Padding hablamos con esta pedazo de artista sobre su personaje, su visión del arte y aquello que la hace inigualable.
¿Qué hay dentro de la cabeza de La Sorny?
Dentro de mi cabeza diría que hay terremotos constantes. Soy una persona muy inquieta artísticamente, con una necesidad casi física de sacar las ideas que me atraviesan. Si no las desarrollo, se me quedan dentro como algo enfermo, como un peso que no puedo cargar. Para mí, crear no es una opción: es una forma de supervivencia.
En La Sorny hay muchas referencias, mucha información acumulada y una obsesión constante por el arte y por las personas que lo hacen. Siempre me ha interesado tanto la obra como lo que hay detrás, porque lo bueno y lo malo acaba filtrándose en lo que creamos. Todo eso sale de golpe cuando hago un show, un look o una performance. Aunque pueda parecer muy transgresor, todo parte de referentes muy clásicos y de la historia del arte, llevados a un lugar más extremo. No hay un personaje separado de mí: lo que aparece en escena es siempre lo que estoy viviendo o pensando en ese momento.

El público ha visto actuaciones tuyas imposibles de olvidar: tu parto, coserte la boca… ¿De dónde nacen esas ideas y qué intentas transmitir con ellas?
Yo siempre digo que, aunque pueda estar dentro del paraguas del drag, cuando hago una performance no interpreto un personaje. No puedo hacer algo que no siento. Siempre estoy dando una parte muy real de mí.
Lo de coserme la boca nace de un momento personal muy concreto. Pasé una depresión y lo que sentía era que no podía hablar, no podía levantarme de la cama, no podía comunicar nada. Muchas veces, cuando las artistas hablan de depresión o de dolor, se hace de una forma que deja un mal sabor o que cansa, porque parece que todo el mundo está pasando por algo y ya no se le da el valor que tiene. Yo intento contarlo desde otro lugar: que sea artístico, que entretenga, pero que sea honesto. Por eso también lo hago real. No uso prótesis, no finjo que me coso la boca, no estoy contando una historia inventada. Estoy hablando de algo que me pasó de verdad, fingirlo sería casi una falta de respeto hacia algo tan importante para mí.
Esa misma lógica atraviesa también tus icónicos looks. ¿Cómo te expresas a través de ellos?
Depende mucho. A mí me encanta la moda y tengo ideas constantes. Algunas nacen de cosas muy cotidianas, como el traje de los décimos de lotería, que surgió de encontrarme boletos tirados en la basura y pensar: ‘tengo que hacerme un traje con esto’. Otros, por ejemplo, surgen de la inmediatez, como el de ‘No fumar excepto Le Cocó’, que lo hice el mismo día que me lo puse, a causa de la ley antitabaco que acababa de salir.
Y luego, hay otros que tienen muchísimo más peso simbólico, que están pensados con calma y están muy conectados con lo que estoy viviendo como persona. Aquí pondría mi vestido favorito, el de la ‘Rosa Meditativa’, inspirado en el famoso cuadro de Dalí. Siento que ese traje de encaje con el corazón real de una vaca resume muy bien cómo entiendo el arte y mi cuerpo como soporte artístico. Al final, lo que llevo puesto, aunque pueda parecer muy extravagante o funcione como circo visual, siempre tiene algo que ver conmigo y con mi momento vital.

Además, tu trabajo no se limita a los looks y el escenario nocturno: haces teatro, como La Traviata, y música, con temas como CAVIAR o CLUBKID. ¿Qué te aportan esos otros lenguajes?
El teatro me permite algo muy importante: alejarme de La Sorny. Ahí sí me meto en un personaje, hablo desde la verdad de ese personaje y no desde la mía. Es un descanso de la realidad que vivo casi cada día. La música, en cambio, funciona como una terapia. Cada canción es un cuadro distinto, no hay una coherencia entre ellas porque cada una cierra un capítulo personal. Si lees las letras, hay traumas muy fuertes, pero siempre pasados por humor o surrealismo. Ambas también son mi forma de liberarme.
Tus referencias son muy claras y muy diversas. ¿Cuáles dirías que son tus mayores inspiraciones?
Mi mayor referente es Alexander McQueen. El diseñador me inspira sobre todo por su recorrido como persona, por cómo lo interior se reflejaba en su obra. Y también diría Salvador Dalí, por su personaje lleno de fantasía y circo constante. Me gusta que la gente vea mi trabajo como un carnaval continuo. No hace falta entenderlo todo, que cada persona lo lleve a su propio y único terreno. Como en un museo viendo un cuadro de Dalí o en un archivo viendo piezas de McQueen: uno se emociona, otro se ríe, otro no entiende nada. Eso es lo que me interesa.
Recientemente, has actuado en Suecia, en la fiesta Club Mermaid. ¿Cómo fue enfrentarte a un público distinto al habitual?
Fue increíble actuar para Malmö. Era mi primer bolo internacional como cabeza de cartel y tenía mucho miedo porque todo el mundo me decía que el público sueco era bastante frío. Pero fue todo lo contrario: gritaban, estaban entregadísimos y, sobre todo, eran muy respetuosos. Durante los shows no hablaba nadie, todo el mundo estaba atento. En España hay tanta oferta drag que muchas veces se percibe más como entretenimiento que como arte, pero allí sentí una atención absoluta.

Muchas compañeras te consideran un referente del panorama nacional e incluso internacional. ¿Cómo vives esa admiración?
Realmente, la vivo con mucha incredulidad. Me cuesta entenderlo porque dudo constantemente de mi trabajo. No lo veo como un producto, sino como una liberación artística, y eso hace que siempre piense que lo que voy a hacer no está bien. Agradezco muchísimo que otras travestis me valoren, porque en este mundo todas llevamos una coraza muy fuerte. Que alguien se baje de ahí para decir que le gusta tu trabajo es muy poderoso y me honra muchísimo.
También muchas de ellas te visualizan en Drag Race España ¿Te ves en un formato del estilo?
Nunca digo nunca, pero no me siento preparada. Creo que nunca me voy a sentir preparada. Mi trabajo es muy cambiante, muy emocional. Un día puedo gustar muchísimo y al siguiente desconcertar completamente. Hay artistas con una línea muy clara y muy cohesionada, pero yo no funciono así. Mi maquillaje, mis siluetas, mis códigos cambian constantemente. Y no sé si eso jugaría a mi favor en un programa con una retórica tan concreta.
¿Qué te gustaría que la gente recordara de La Sorny con el paso de los años?
Me gustaría que recordaran que el arte, por muy conceptual, bizarro o incómodo que sea, siempre tiene cabida en el escenario. Aunque esté ligado a la noche, aunque haya alcohol, aunque parezca que la gente no presta atención. Si das tu mejor versión y eres fiel a lo que eres, siempre habrá alguien que quiera verlo, o incluso, que necesite verlo.

